PALABRAS DE AMELIA DÍEZ
Hay poesía cada vez que un escrito nos introduce en un mundo diferente al nuestro, que dándonos la presencia de un ser, lo hace nuestro también.
La poesía es creación de un sujeto que asume un nuevo orden de relación simbólica con el mundo.
“Si es posible el poema es posible la vida”, enunciación que, en la Escuela de Poesía Grupo Cero, soporta el deseo del poeta, y es desde ahí que estas poetas inician la partida.
A plena luz de María Chévez y El ojo de cristal de Carmen Salamanca, dos libros, cada uno perteneciente a su propio nudo.
Si la belleza te abarca, te estruja y aún te ama/algo te espera en ella.
Un verso más,/imperceptible torsión del alma,/y la vida comienza de nuevo.
Dos comienzos que muestran su procedencia.
Una poesía que no cesa de decir donde la belleza toma su forma y una poesía de una intensidad inusitada, ahuecada por un silencio propio, donde hasta el incienso se hace página.
Una poesía del pliegue y una poesía del despliegue, surgen cuando escriben bajo los auspicios del vacío irreductible.
Bajo la atracción del vacío que la Cosa poética ejerce sobre el poeta, una y otra poeta, hacen surgir una metáfora del sujeto, un sujeto que muestra las transformaciones en el sujeto y otro que muestra en sus efectos estas transformaciones.
Un “hacia” cruza impasible estos textos que hace que se instalen en un tiempo reversible, un tiempo que instala un punto de comienzo, un punto de no retorno. Ya nada será lo mismo, toda próxima vez será una primera vez, toda vida es a ras, a ras de la inocencia, a ras de la ignoracia, a ras del suelo, a ras de la vida misma que se escapa antes de alcanzar el goce de la palabra, y después queda esa huella que habla en cada quien.
Una poesía que muestra el despliegue de un sujeto entre otros, donde los otros son abstracciones simbólicas y otra poesía donde los otros se muestran como lugares marcados por un orden simbólico.
“y escribo, con tu nombre, mi mirada”, escribe Carmen Salamanca.
“Aquella mujer escribía y también
la otra y aun esa
que vivía en un país de sombras...”, escribe María Chévez.
Cuando hablamos desde el otro,
hablamos del sujeto, de lo humano
por excelencia, del lenguaje que nos estructura.
MI EPITAFIO, de Carmen Salamanca Gallego
Equivocada, una vez más,
ciega y perpleja, resisto
crueles embestidas del abismo.
Recorro paisajes imposibles,
rutas de una huída postergada
donde el eco del dolor
espera, vigilante, mi derrota.
Otra vez la temida ausencia:
el mundo detenido entre mis manos
agonizando a ritmo de nada.
Seducida por eternas magnitudes
recupero el rastro de mis huellas
atiborradas de mágico desdén.
Resucitar sin paliativos, me digo
impasible ante el reproche, y decido:
Este poema no será mi epitafio,
esa costra tendida
en el extremo sur de la muerte.
No será éste mi último beso.
SI LA BELLEZA TE
ABARCA, de María Chévez
-Fragmento-
Si la belleza te abarca, te estruja
y aún te ama
algo te espera en ella.
Yergue los hombros abatidos, mueve ambos brazos
siente como pájaro o pianista
ejerce esta vida que murmura entre los dedos.
Cedro y música.
Valkirias y nibelungos, bosques azules, entre las marcas.
Y, sobre todo, aspira en los perfumes suaves
tu destello infinito esfumado y efímero.
Si algo se pudre y aún no lo soportas,
si estalla la muerte en pueblos amados,
si tu planeta se quema en medio del verano,
honra a tus antecesores y también a Dios
cuando sea necesario.
Escombro y bruma, adelanta el paso,
toda latido y hallazgo.
Aquella mujer escribía y también la otra
y aun esa
que vivía en un país en sombras y todavía le cantan
también algunas de gesto audaz equivocado,
sometido a inmensidad y perdularios.
Éstas provenían del sur desolado, eran aguas antárticas
las que rozaban sus versos.
Y en pleno caribe, mujeres más viejas aún que yo misma
alternan el odio con ocio y amor...
La poesía hace a los poetas. La poesía
es una espera abierta, una
herida reincidente, tanto más deliciosa cuanto más insoportable.
El estilo es el sujeto para el poeta consumido por los versos, “Un poeta asesinó su hombre para escribir este poema/y eso, es un hombre”, una poesía donde los pasos dados están anudados a otros pasos, una poesía donde se pone en juego lo omitido y lo pronunciado, siempre por venir, una pasividad activa, una entrega a lo indecible que deja marca en el cuerpo del poema.
Un sujeto surge, una metáfora del sujeto se desliza de forma metonímica.
Una y otra poeta, singulares y abismales, nacen en el abismo y permanecen en él hasta dejar rastro, María Chévez mostrando las construcciones del deseo, desplegando la metonimia del deseo del sujeto, una alegría por vivir, por escribir, una historia de impasse y nacimiento: “Cadenas de entusiasmo sin memoria,/sin sed, moviendo secuencias/continuas y abiertas” y Carmen Salamanca mostrando el sujeto desplegado en sus articulaciones significantes, el sujeto del deseo, atrapado en sus designios y todavía libre, danza del tiempo que no se detiene a pesar de los hábitos: “y, frente al asombro de mis ojos,/mudo la piel para seguir soñando.”
Podríamos decir que María Chévez es poeta de la metonimia del deseo del sujeto y Carmen Salamanca es poeta de la metáfora del sujeto del deseo, dos formas singulares de poetizar lo humano por excelencia, la propia constitución del sujeto en su funcionamiento, siempre singular, dividido y múltiple.
María Chévez publica por primera vez en
1976, fecha del nacimiento del Grupo Cero Madrid, y es la primera
vez que la Editorial Grupo Cero publica un nombre de mujer. Este
libro es su sexto libro de poesía. Carmen Salamanca publica por
primera vez
en 1995, fecha del nuevo nacimiento del Grupo Cero Buenos Aires,
y es su cuarto libro publicado. Estos libros muestran su deseo de
permanecer en la poesía, permanecer en la formación del deseo del
poeta.
Gracias por perseverar.
Amelia Díez Cuesta. Psicoanalista
Madrid: 91 402 61 93