PALABRAS DE JUAN CARLOS DE BRASI

Es un poemario escandido en tres partes, habitado por treinta y dos poemas. Se podría aventurar que El ojo de cristal es la misma mirada ciega de la poesía, diseminada en la frágil conjunción de la memoria y el olvido. Sobre este tramado el ojo ya no es el que percibe con más o menos nitidez, sino el portador de una memoria inmemorial (“ojos cegados de eternidad”), canal y caudal para una “mirada huérfana de esperanza y pupilas”. El cristal, quebradizo y trasparente, es la superficie empeñada por los recuerdos. Sus arenas silíceas, silenciosas y movedizas no permiten que ningún poema viva el sueño quieto de su cristalización. Es en ese lecho cristalino, homogéneo y susurrante, donde lo exterior y lo interior quedan sustraídos a la visión para intercambiar sus juegos ópticos, sentimentales y trópicos. Así lo más interno es tal cuando existe deslizándose en su afuera, que es más interiorizado que nunca cuando finca en las cuevas del recuerdo. Pero siempre exteriorizándose en las vastas llanuras de una memoria imposible, pues su pasado es inmemorial, no un suceso que pueda ser retenido y en otro momento expulsado con precisión o rememorado. Ya volveremos a ella porque su materia es la misma textura del retorno de aquello que nunca estuvo ahí pero que vuelve para decirnos que avanza desde otro lado, que está a nuestra disposición, que proviene hacia nosotros desde su más puro devenir, el porvenir.

Un libro así, urdido como un inmenso trabajo de duelo, atravesado por lo que roza la escritura funeraria, delinea también los senderos de una memoria afligida, compactada por el dolor (“la roca del dolor bajo mis sueños”), “simiente de un futuro perfecto”, tiempo memorial de un hecho no acaecido y de un deshecho efectivo.

Un libro así, que impulsa una memoria productiva, y no una fiel reproducción, es indócil y no domesticable, es decir, exige una operación de lectura al costado de las certezas, desiste “del juicio persistente”, deserta “de la métrica esencial,/escueto descalabro sin acordes”, prefiriendo el rumbo doloroso de su duelo, el acuerdo con sus propios acordes.

Un libro así, es una verdadera puesta en abismo en todas sus polisémicas direcciones (“A la derecha una cifra;/a la izquierda el abismo”).

El espacio está volcado hacia una u otra posición. También podría ser a la derecha una palabra por venir, insospechada, preñada de futuro y como él, cifrado. A la izquierda -para nosotros- el margen que nunca se escribirá, un abismo blanco e inolvidable.

Pero, asimismo, el abismo es la bestia, sin bestialismo, hecha de vértigo y feroces atropellos imprevistos, “crueles embestidas del abismo”. Finalmente el abismo, dicho de otra manera está entre cada palabra (“Finísimas escamas de témpano solar,/herederas de inasibles contenidos”) que cava el agujero bullente del alma poética, “el hueco palpitar de mi alma”, en cuanto alma animada por la palabra y no por algún espíritu trashumante.

Retornando al problema de la memoria que surca, abriendo un surco en todo el libro, vemos que dicha memoria no es un tema reconocible, registrable o fichable. Se trata de un núcleo sin identidad, de un enigma que no permanece escondido a la manera de un significado que es necesario desocultar. Es la que nutre a la poesía y al psicoanálisis, la que pivotea en la misma estructura del lenguaje.

En tanto que tal es poiética, generadora de su propio juego significante, que no le pide ni le exige a lo “efectivamente ocurrido” su certificado de existencia, pues se lo autoemite con sus producciones específicas. Siempre en un presente amplificado, paradójico, ya que avanza desde un “futuro perfecto” en cuanto no cumplido por la potencialidad y anterioridad que lo circunda.

Mnemosyne, memoria poética, madre de las nueve musas, poema incalculable de Hölderlin, resuena en la que teje diestramente, con el olvido, <El Ojo de Cristal>. A su invocación copertenecen la imposible representación de la muerte y la trasmutación del olvido (“La muerte se vistió de olvido”). ¿Y dónde recurre esto? En la simultaneidad geométrica de las “perpendiculares al recuerdo”.

Desde hace mucho, desde un tiempo acristalado en el mito la indisoluble copertenencia ha sido registrada. Se narra que quienes consultaban el oráculo de Trofonio en Beocia (actualmente la unidad fundamental -o nomos- de la división administrativa griega), encontraban dos fuentes la de la memoria y la del olvido. Los viandantes deberían beber de ambas si deseaban remitirse al oráculo de modo satisfactorio. Mnemosyne, que nombraba a la memoria, la poiesis y la vida. Leteo, que apellidaba al olvido, la muerte y el sueño. En sus intersecciones, gracias a sus brebajes, la poesía podía ostentar tanto su capacidad productiva como anticipatoria de los tiempos que ya residían en ella, aunque para la mayoría estuvieran por llegar de un modo peculiar e indirecto. Desplazado de lo que señala a lo que alude y anuncia metafóricamente. Pero, en <El Ojo de Cristal>, aún hay una pista que me gustaría seguir en este tránsito hacia una meta que se pierde de vista, que nace perdida para la vista y olvidada de sí misma. En un cuarteto de “Estallido de la Piel”, dice el poema <Fibras y remiendos,/ sencillas renuncias en la noche/ y, después, borrar las huellas,/ recostar el pensamiento>.

Las dos primeras se limitan a constatar un estado de cosas. La tercera a consignar una actividad preparatoria. Sin embargo la cuarta, un bello tropo, sintético y exacto, de esos que se condensan de vez en cuando, nos lanza hacia la memoria sustraída a la cronología, a la retención del dato, de la datación y del datado, “Funés el memorioso”.

<Recostar el pensamiento> es una línea que podría desencadenar la escritura sobre un largo texto. O más de uno. Quizás, hasta puede ser que ya estén escritos, todos en la serie de las grandes haches parlantes -no mudas, sino anudadas, Hegel, Hölderlin, Heidegger. En ellos la memoria es fundamentalmente producción significante de pensamiento. “Mnemosyne”, “Andenken” (denken: pensamiento) en Hölderlin. “Gedächtuis”, memoria pensante, neutra, alejada de la “Erinnerung”, del recuerdo atrapado, todavía, por la imaginación y la representación en Hegel. Se puede “traer un recuerdo” de China o México, pero no una memoria cuyo nódulo es pensamiento. Otro tanto ocurre con la memoria en Heidegger, no se la puede trajinar, hay que dejarla pensar en uno. Y ese uno dividido lo signará el psicoanálisis en la conjunción abierta, hendida, de psicoanálisis y poesía. Amén de que la verdad se filtrará por la
grieta del olvido, justo por ese vacío donde la memoria es más plena.

Para ir terminando nada mejor que retomar, “de memoria”, algo que mencioné al comienzo, decía que este libro rozaba la escritura funeraria, más no fúnebre, un impulso desde la muerte para que la vida tenga múltiples sentidos. En el poema “Mi Epitafio” convergen y divergen todos los elementos de un arduo trabajo de duelo, cuya interpretación delego para miradas más avezadas que la mía.

Me detendré brevemente en el epitafio para finalizar, no hay duda que es para ello, con un subrayado. W. Wordsworth, ese gran poeta inglés, decía del epitafio, “está abierto al día; el sol mira la piedra, las lluvias del cielo tamborilean sobre ella”. El ojo del sol, el ojo de cristal, se transforman en un ojo poético, un ojo sin yo, que lee el texto con las menores interferencias posibles o la imposibilidad total de captar la producción poética, científica, artística, desde la imposición de un “yo creo”, “yo siento”, “yo estimo”, “me gusta” “no me gusta”. Aunque este largo cicunloquio por la memoria del texto creo que me autoriza, mínimamente, para expresar: me gustó, mucho, más allá de lo que atiné a esbozar en estos trazos provisorios.

Juan Carlos De Brasi Psicoanalista
Madrid: 91 547 56 64