PREMIO MUJER TRABAJADORA 2002
10 de marzo de 2002

Palabras de Carmen Salamanca Gallego

"Las medallas ni se piden ni se rechazan ni se exhiben." Esta frase, pronunciada por Leopoldo de Luis hace un tiempo, me enfrenta hoy a la tarea de agradecer o, lo que es lo mismo, de aceptar este premio a la "Mujer Trabajadora 2002".

Agradezco a la Asociación Pablo Menassa de Lucia, y a los socios que la integran, su tenacidad en la celebración de este acto (es la 3ª entrega), y el que sigan empleando su tiempo y su dinero en destacar la importancia de las mujeres en el terreno laboral. O, mejor dicho, la importancia del trabajo para las mujeres.

Podría decir que no estoy acostumbrada a recibir premios, pero sería una verdad a medias. La posibilidad de participar en la competición fue, ya de por sí, un premio.

Lo que nunca me había imaginado es que me darían un premio por "Mujer Trabajadora". Una combinación de palabras que, por separado, parecían incluidas de manera "natural" en mi vida.

Mi madre me declaró mujer a los 11 años, cuando me dio la primera compresa. A mi padre le tocó pertenecer a una generación obligada a reconstruir, trabajando por encima de sus posibilidades, un país devastado y empobrecido por la guerra. "Hay que trabajar para salir adelante", repetía, y salió.

Crecí dando por supuesto que yo era una mujer y que sabía lo que era trabajar. Después, el psicoanálisis dio al traste con todas mis certezas. Aprendí que no hay nada natural en el hombre y que el trabajo, más que una condena bíblica, es la única posibilidad del sujeto de constituirse como humano. Sólo con trabajo puedo acceder al mundo y modificar la realidad.

También aprendí que las cosas no son tan sencillas como parecen y que no basta con escuchar, las palabras hay que ganárselas. "Mujer" dejó de albergar únicamente mi aparato reproductor y un futuro de posibilidades ilimitadas se abrió frente a mí.

El asunto no es dejar de ser mujer para poder ser algo. Menassa escribe: "Con una mejor administración de lo mismo, se pueden obtener otros resultados." Y eso quiere decir que no hace falta convertirse en un hombre para cambiar de vida, de clase social.

Pero ¿cómo se puede administrar mejor algo tan impreciso, misterioso y desconcertante como "ser mujer"?  En principio, habría que desconfiar de las etiquetas que, al modo de los corsés de nuestras abuelas, impiden cualquier movimiento no pautado, reduciendo hasta el límite la posibilidad de transformación de las mujeres. Y esto se puede decir de varias maneras:

Como Rebecca West: "Nunca he sido capaz de averiguar exactamente en qué consiste el feminismo; sólo sé que la gente me llama feminista cuando expreso sentimientos que me diferencian de un felpudo."

O, más irónicamente, como Piolín de Macramé: "Se llama feminismo al movimiento reivindicativo que ve, en cada mujer, un gran hombre."

Lo que quiero decir es que el feminismo opera, hoy día, en nuestra sociedad, como una etiqueta más que va a parar, directamente, a los labios de cuanta descarriada cometa la osadía de expresarse.

Sólo se les pide que hable a las mujeres maltratadas, con lo cual muchas dejan de serlo, pero por muerte anunciada. En cambio, a las bien-tratadas por la vida, por el amor, por el dinero, nadie les pregunta cómo consiguieron serlo, cuánto tuvieron que trabajar para conseguirlo.

Porque, en nuestra sociedad, a los hombres se les enseña a pedir perdón por sus errores; a las mujeres, por sus éxitos.

Según el informe de las Naciones Unidas de 1996, las mujeres representan más de la mitad de la población del mundo, realizan casi dos tercios de las horas de trabajo, reciben una décima parte de los ingresos y poseen menos de una centésima parte de la propiedad del mundo. Vemos que esto también es consecuencia de una mala administración.

Además de las trabas ideológicas y materiales de nuestra sociedad actual, hay también una resistencia en las mujeres a cambiar de papel en la obra, a pactar de manera diferente con la realidad. "Cuando ves con qué se casan algunas mujeres, comprendes cuánto deben odiar la idea de ganarse la vida trabajando", dijo Helen Rowland. 

Un cambio en nuestra sociedad sólo es posible si las mujeres están dispuestas a trabajar para modificarse, es decir, si están dispuestas a abandonar la aparente protección del silencio.

"Si quiero asegurar algo, tengo que arriesgar algo", dice Menassa. Para asegurar que soy una mujer, tengo que arriesgar mi ser, jugarme entre las palabras.

Sabemos que la lástima opera como un dique incestuoso, que la queja es, en sí misma, una acción destinada a impedir cualquier acción y que, sin angustia previa, no hay posibilidad de creación.

La cuestión es cómo administraremos ese saber. Yo, por mi parte, apuesto por la escritura y les remito a este poema de Alejandra Pizarnik:

SOLAMENTE

ya comprendo la verdad

estalla en mis deseos

y en mis desdichas
y en mis desencuentros
y en mis desequilibrios
y en mis delirios

ya comprendo la verdad

ahora
a buscar la vida

Premio Mujer Trabajadora del 2002