PALABRAS DE LEOPOLDO DE LUIS

Se me ha pedido que pronuncie unas palabras en este acto, y no hacerlo pudiare ser tomado a descortesía.

Hablo, eso sí, con cierto reparo, porque siempre ante ustedes me siento un intruso.
             La verdad es que para mí la expresión "mujer trabajadora" es casi un pleonasmo. Todas las mujeres que he conocido han sido trabajadoras. Empezando por mi madre, que fue lo que hace ochenta años era ser mujer de su casa. La atendió puntualmente, educó a sus hijos y, a la vez, era capaz de leer a Musset y a Ibsen, a Bécquer y a Byron. Siguiendo con mi hermana, estudiante de Derecho que hubo de abandonar su carrera para, atender a su hija, cuyo padre fue condenado por el franquismo durante dieciocho años en el Penal de Burgos. Continuando con mi mujer, que logró crear un clima doméstico de paz y armonía para facilitar el estudio de nuestro hijo hasta que éste superó con mucho al escasamente útil de su padre.

En fin, cuando hace algunos, pocos, años me acerqué a este grupo de ustedes, no veo más que mujeres trabajadoras. Trabajadoras con la ciencia y con la pluma o con la enseñenza. Las admiro a todas, y es claro que Amelia Díez Cuesta es un paradigma, un ejemplo máximo. Su desarrollo cultural y académico es absolutamente asombroso. Formadas en las ciencias biológicas y en la psicología, no creo pueda darse formación más completa para conocer al ser humano.  Uno, modestamente atraído  por las teorías de Ortega y Gasset, pensó que el hombre no tiene naturaleza, sino historia. Después, el llegar a oir como profano hablar del genoma a mi admirado amigo el académico Rafael Alvarado, me asusta pensar que en las manos de la bioquímica y de la ingeniería genética es donde está la condición humana.

Pero no es de mí ni de mis obsesiones de lo que debo hablar en este momento, sino de esta mujer admirable que, hace años, proclama su amor por la lectura, su apego al estudio, su curiosidad por todo el saber. Y declaró que sabe mirar al horror de frente, al dolor sin lástima, a lo escandaloso sin cerrar los ojos y a lo imposible como existente.

Quienes somos pusilanimes frente al  horror que se extiende por el mundo; quienes sentimos que el dolor nos retuerce el alma, aquellos a quienes nos muerde el perro del escepticismo y nos parece increible que amanezca cada mañana, no podemos sino admirar a una mujer así, al tiempo que compartimos contentos su valoración de la palabra poética, cuyo encuentro puede depararnos -como ella dice- asombrosos hallazgos.

Y aquí entra en juego la poesía de Amelia. Amelia es una profunda autora de poesía o, si se prefiere, es una autora de poesía profunda. Su libro DES-NUDOS es un hacer y deshacer lazadas con el hilo de una autoinspección. La palabra poética palpita líricamente. Nos habla de un que no tiene rostro -todos somos un mí acaso desconocido-, pero que no mira con ojos contempladores de abismos. Nos habla de ríos interiores que  desembocan en el mar, sino en nuestros propios pozos. Nos habla de caminar por senderos que no existen, quizá porque nosotros mismos somos ese sendero. Hay un designio trágico y un fervor implacable en esta poesía de Amelia Díez, y su título nos lleva a una doble interpretación: el despojo de ropajes inútiles y el corte de
nudos y trabas condicionantes. Le poesía, en último término, es un nudo que se rompe dentro del corazón, y es asimismo un cuerpo libre.

Yo he vivido en este libro la verdad de la poesía de Amelia, y, al mismo tiempo, la he escuchado analizar matices psicológicos que me impresionaron. Todo eso es, sin duda, trabajo. Trabajo, por el cual se la premia hoy. Porque sí, la poesía requiere trabajar. Un trabajo que llamaríamos gustoso -por emplear la terminología
de Juan Ramón Jiménez-. Porque es claro que la mejor poesía nace de una reacción inconsciente, pero necesita una elaboración intelectual. Yo no creo en el irracionalismo absoluto como no creo en el verso libre. Y esa elaboración intelectual es trabajo, verdadero y grave trabajo. No olvidemos que la creación poética es un acto humano y que, como todo acto humano, es valioso en cuento es útil, en cuanto nos hace mejores.

Por todo ello, me sumo complacido a este homenaje para  Amelia, y le expreso mi admiración.

-         PALABRAS DE OLGA DE LUCIA, Presidenta de la Asociación

-         PALABRAS DE AMELIA DÍEZ CUESTA

-         PALABRAS DE ANTONIA SAN JUAN

-    PALABRAS DE CARLOS FERNÁNDEZ DEL GANSO, 
Secretario de la Asociación

Premio Mujer Trabajadora del 2000