|
Arganda
del Rey
15 de octubre de 1996
Querido
Pablo:
Pronto hará tres años de tu
muerte y el hecho aún corroe mis entrañas, el recuerdo del suceso me
estremece y aún me asalta con crueldad la voz que aquella noche
nos dijera, lIamando a la puerta de nuestra casa: su hijo ha muerto.
No sabría decirte qué
pasó en aquel momento. primero fue la negación. no puede ser, me
niego a creerlo. Uno a uno fueron bajando Miguel, tu padre,
Alejandra, Fabián y Manuel. Alejandra, desde la escalera. me decía:
Pablo no está en su cama, mamá, hacia la medianoche tocaron timbre
unos amigos y ya no ha vuelto. El guardia había venido a decirnos:
ni volverá. Una nube negra y asfixiante fue rodeando nuestra
casa y nos quedamos llorando y gritando nuestra desesperación y la vorágine
negra nos arrastraba hasta enloquecer de rabia y de dolor y sólo podíamos
eso. Y venían unos amigos de aquí, de Madrid y hasta de Vigo y
llegaban telegramas de todo el mundo y tres días hubimos de esperar hasta
que nos devolvieran tu cuerpo. Y llegaste tarde también a tu entierro. Nunca olvidaré tu cara detrás de ese
cristal. tus ojos dormidos para siempre, esos labios que no me hablarían
nunca más, los oídos que no habrían de escucharme. Cientos te acompañaron
a tu última morada. Por el día yo te recordaba en el último recital, en
familia. Te recordaba cenando contento hablando de la vida y por las
noches te soñaba. Veía alejarse tu cuerpo en el espacio y me reunía
contigo, que estabas cansado y hambriento de deambular por páramos fríos
sin encontrar hogar y caminábamos juntos refugiándonos entre montañas
sin nombre y sin fin. y los sueños eran extraños. porque no eras tú y
no dejaba de saberlo, pero aún así, era la manera de volver a tenerte
entre nosotros.
Hijo mío, tu ausencia me desgarró el alma.
Y yo también anduve estos años
con mi deseo errante y una sorda tristeza opacándome el alma, los brazos
se me duermen cuando te recuerdo niño y un vacío se sorbe toda la
materia. Y así todo recuerdo son tus amados ojos, tu dulce mirada, tus
bellos poemas, este sentir de madre como si todavía fuera posible
protegerte.
Y se sucedían los días
haciendo verdaderos esfuerzos para atarnos a la vida. Nos abrazábamos tu
padre, tus hermanos y yo y prometimos estar unidos para siempre y amarnos
aún más y así lo hicimos. Todos escribimos en tu memoria y menos en
Arganda, de otros lugares de España y el extranjero fueron llegando
poemas y palabras de consuelo y el Indio llevó luto en tu homenaje. Todos
escribimos en tu memoria, es nuestra manera de hacerte vivir, la que
aprendimos de tu padre. También a ti hijo, te hicimos con amor.
Después de tanto tiempo,
es como si empezara a entender lo inevitable y te dejara partir. Lo tuyo
fue la atroz coincidencia de encontrarte con el diablo, cuando no estabas
preparado, y perdiste. En tu blanca lápida hemos puesto, tus padres y
hermanos te deseamos paz, tu abuela y tíos agregaron: ¡Pablito, siempre
te llevaremos en nuestro corazón! Recuerdo también un verso favorito de
tu padre que dice: un hombre muere apenas si otro hombre lo nombra y así,
tú, seguramente vivirás más que la mayoría de los hombres.
La vida poco a poco comienza a
recuperar su color y en el fondo creo percibir una reconciliación con el
mundo, un retornar del diálogo quebrado.
Hasta siempre,
Tu
madre
OIga de Lucía de Menassa
|