Avance del libro 
"CLAROSCURO"

BALADA DE LLUVIA COTIDIANA

Dijérase que es una larga historia
esta conversación que llevo dentro
de mí, que son palabras como soles 
antiguos que me atraen al recuerdo,
al imán de lo absurdo de unas manos
que imposibles reclaman el silencio
como un milagro y me interrogo, tácito,
si hablo con alguien o descubro luego
qué delirio divino me consiente
si eternamente vivo pero muero.

Hablo, ¿con quién? , si ya no se pronuncian 
madrugadores mirlos a mi huerto,
arroyos entre juncos a mi hacienda 
labradora de surcos paralelos,
ni otra mies se consagra en el estío 
presente de pasión y de acarreo,
si están las eras de mi incertidumbre 
cerradas a la orilla del encuentro
y al caer de la tarde, tristemente,
se puebla mi alma de agujeros negros.

Voces serán desde lo más finito 
desflorando el esplendor primero, 
arrebatándome la luz vencida
-ya sólo patrimonio en cautiverio -, 
revelación final de mudas lenguas 
invocando un total remordimiento, 
órganos de dolor, claves de sombra, 
palabras de familía, por ejemplo
que lentamente se desgranan ácidas:
con el eco que arrastran pasajero

Nunca la eternidad, no la sustancia
de gracia intemporal fuera este sueño
de laderas celestes, rojos mares,
troncos de soledad, barrios del miedo, 
primaveras de cópulas floridas
y pasos con semáforos abiertos,
curvas en desarrollos marginales,
devocionarios de poetas presos,
clamor de ausencia y esclerosis múltiple
que celebran mis labios con incienso.

Se dijera de mí que soy la nada
siendo algo más que una ecuación del tiempo
o un cálculo interior; posiblemente
soy río de morfemas, pulso ciego 
-contraindicado en éxtasis solemne- 
para contravenir ahora el hielo
cósmico, astral, de la desesperanza,
el polvo herido de invernal misterio...
Soy, sin razón, como un rumor que crece
por las mismas entrafías de mi suspiro, incierto.

Historia fue del corazón, historia,
que no sabrá ni dios si viene a cuento,
¿cómo nombrar al ser más invisible
a doscientos por hora, más o menos?
y me pregunto, aceleradamente,
si estamos vivos o vivimos muertos.
Firmo con prisa mi ultimatum, cuando
declaro no saber si voy o vengo.
Angeles lleguen con su trompetería
anunciándome el eje cielo -infierno.

Ancha es la oscuridad cuando se escucha
 lo por venir distante y nunca espero
que se anuncien los salmos en la noche 
de alta clausura por los cementerios
o, a media luz, porque la vida deja
su rastro de ceniza en los espejos,

creo que llueve en mis alrededores
como un agua de amor, mas en secreto,
y alguien me avisa con cifrado código
de hallar la muerte donde vivo inmerso.

¿Qué delirio divino me consiente ?
Qué negación sostiene el privilegio
de no apagarme nunca siendo pábilo 
trémulo y débil, si campana el pecho 
vacío sin más sones aparentes
que voces en la bóveda del viento, 
palabras que atraviesan como pájaros 
noches y días, piélagos de ensueños, 
volviendo lo perdido a la nostalgia,
a la melancolía de mi asedio.

Es una larga historia, ésta de siempre 
revivir entre imágenes y objetos
la huella impura de una madrugada
en cualquier estación cantando, ebrios
las labios de carmín y de saliva 
rubricando el adiós con mi pañuelo. 
Anónimo es el llanto y, por ensalmo,
me interrumpe de sal, viene de lejos
en andas de un aroma que se anuncia
por la alcoba caliente del deseo.

Estoy hablando como si tuviera
-el corazón -legítimo derecho
de oír la anunciación de lo imprevisto, 
de ser inextinguible parpadeo,
siendo nada que en todo se proclama 
centro de gravedad, por alma y cuerpo. 
Y callo porque sé qué confidencia
 contra todo pronóstico revelo,
si no soy dios, si todo se consuma
en la oración, su núcleo, en el verbo.


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