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LA
VIEJA ESTAMPA
Francisco Ferrer
Guardia, mil novecientos nueve,
caía fusilado y la capa sombría con dobleces históricos
de la semana trágica
sobre sus hombros cae.
La huelga general no es blanca sábana
de paz obrera, sino rojo manto
para los proletarios perseguidos.
Al roce de herraduras
en la piedra del suelo
saltan igual que estrellas de la revolución
chispas fugaces
ya la Escuela Moderna la cierra a cal y llanto
la losá funeraria del maestro
con estigmas masónicos.
(Hubo un joven poeta
de Sevilla
que no se olvidó nunca
de los ojos oscuros y profundos
de aquella joven viuda: Soledad Villafranca.)
Contra la multidud
agrupada en los muelles
barceloneses saltan los caballos
y la guardia civil restaura el orden.
¿El pueblo va a
caballo o el pueblo está en el suelo?
El pueblo ¿el opresor o el oprimido?
¿El sombrío uniforme o la vieja chaqueta?
¿El hosco correaje o la plebeya blusa?
¿Es cuestión de ropajes? ¿Discrimina la insignia?
¿El sable o el martillo? ¿El arma o la herramienta?
El pueblo contra el pueblo y un caballo piafando.
Se amontonan la gente
y las preguntas.
¿Hay en cada individuo una moral aislada
o una moral social los unifica?
(Al fondo Kropotkin
cruza en la sombra
con las primeras hojas de su Ética:
Hay un dolor común de los hombres hermanos.)
Es una vieja estampa
de una España pasada
que ilustra algunos libros y que recuerda muda
la lucha desigual de los de abajo.
La plasmó Ramón
Casas, catalán modernista. |