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CEMENTERIO
EN CASTILLA
Algo pasó entre mármoles
antiguos
que habla de mí sin ser yo ni saberlo.
Sin tocarlo, me toca; sin hablarme, me habla;
sin sujetarme me ata y me enraiza.
La vieja tierra castellana pone
su barro pobre y fiero por mis pies.
¿Será verdad que hay siempre primavera
escondida en la tierra y nos aguarda?
Hay otra primavera que fenece,
que ahora, en este mismo instante, se confunde
en el solsticio y luz agrega
a la luz de los ojos que se fían
de su azul maternal, y perseveran
rozando el frío antiguo de estos mármoles.
Aún no somos
historia, pero somos historia
reflejada en la piedra.
Qué luz oscura, paradójicamente, nos llega desde el
mármol
e ilumina paisajes lejanísimos,
bosques que desenredan sus frondas amarillas,
caballos que galopan por planicies moradas,
muros que yerguen laberínticos grises.
Sangres que dilataron corazones en pechos imbatidos
y en batidas mudanzas sucesivas,
en olas que reducen arcos y arcos
hasta la playa humilde de nuestros pies actuales.
Y sentimos el viento
tan antiguo, tan de hoy, tan
inmutable en su
movilidad inaprensible.
Repite nombres tan remotos como las aves que
encontraron nido en
tumbas olvidadas
y acaso vuelen por nuestro pecho con aletazo extraño
en este cementerio, aquí, en Castilla. |