CÁLIDO, PÁJARO
DEL ATLÁNTICO

Tu mirada siempre al norte, brújula del amor,
donde la muerte palidece en tus ojos.
Desaforada presencia, sierpe entontecida de dolor,
buscas cálidos océanos que no dañen tu luz.

Mudos matorrales se abren a tus pies
como ingrávido roce de palomas,
donde millones de hormigas
inician un único y preciso movimiento,
ondulantes guerreras del amor.

Manecillas y soles giran en redondo
sobre los omóplatos del metal
mientras ríos de mercurio pasean lunas de amianto.

Y, sin embargo, un fuerte viento aprisiona latidos,
abre tus venas, donde el olor a sueño de madrépora
cabalga, abisal, despertando ignotos corazones.

Rumor de olas en el amanecer esquivo
de serpenteantes aguaceros
que anegan la piel, ciega, del tiempo
mientras tú, desapareces,
cálido, pájaro del Atlántico.

MIS ALAS

Desfalleces oscura soledad encandilada.
Rueda en tus rodillas una resplandeciente calma.
Sobreviene tu cuerpo:
piel del viento que me susurra quietas voces al oído.

Oh, tus alas negras aventan mis nervios
bajo capas disarmónicas que huyen en bandadas de violines.
Paseas desde mi sombra mientras
lejanos árboles anudan mi corazón.

Albor ineludible que invade mis huesos.

Ala feroz donde cruza la muerte,
más allá, surco insondable.
Luz: noche sin luz,
oh, ala negra.

Negras alas de viento frío, quietud de frío.
Puñal vivo espesando el aire.
Puñal de alas, yertas alas como signo de lo extenso.
Oquedad: azul de alas.

Invisibles alas transparentes transportan
al nivel del viento, la piel más oscura del agua.

Profundas alas sin retorno descomponiendo sueños.
Alas que dejan de soñar, doradas alas de estéril rumbo.

Anhelo y pánico de amor para tus alas.

Memoria de alas:
torbellino sumergido,
mis alas.


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